Buenas Aventuras

En general, la religión es aburrida. Sin embargo, no hay nada más interesante en toda la creación que Dios mismo. No hay aventura mejor que las que podemos tener con Jesucristo. Siempre resultan buenas, y las historias no tienen nada de aburridas. Ser "bienaventurado", equivale a ser bendecido. Hace más de 40 años empecé a tener aventuras con Cristo. Aquí comparto contigo algunas de mis historias.

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Lugar: Indiana, United States

20.9.06

Una aventura de transición

Mi hija, Sharon, y yo nos divertíamos mucho empacando los barriles. Después de muchos años de vivir en Costa Rica ya era el momento de trasladarnos a California, donde yo tendría que estudiar. Terminábamos una aventura y empezábamos otra. Habíamos vendido todo lo que no tenía importancia emocional para alguien de la familia, y empacábamos el resto. Teníamos unos seis o siete barriles vacíos en el centro de la sala, y alrededor los enseres de la casa para llenarlos. Poníamos algo pesado al fondo y encima las cosas más frágiles envueltas en cortinas y mantas. Era viernes y nuestro avión no salía hasta el lunes. ¡Qué alivio no tener que apurarnos!

Además de la convicción que teníamos por dentro que esto era lo que teníamos que hacer, las experiencias de los días anteriores nos habían confirmado que Dios estaba trabajando en el asunto. El quería que fuéramos. Costa Rica sufría una crisis económica y no permitía que nadie sacara dinero del país, lo cual nos complicaba la vida para poder comprar otra casa en California. Pero un norteamericano compró la casa, y el dinero cambió de bancos en Estados Unidos, ni entrando en Costa Rica. Hasta en los detalles vimos la mano de Dios. A la hora que los que habían comprado un mueble pesado querían llevárselo, mi marido con su espalda herida no estaba en casa y encontraron unos jóvenes para ayudar. Muchas veces las personas a quienes teníamos que entregar cosas se presentaban en la puerta de la casa, como si tuvieran una cita, aunque no les habíamos llamado. Cuando habíamos vendido la mesa del comedor y la de la cocina también, nos llamó el futuro dueño de la casa para preguntar si no sería demasiada molestia guardarle una mesa por unos días. Ninguna molestia, le aseguramos.

Poco antes de las dos de la tarde ese viernes, mi marido dijo que el taxi de carga, un camión que lo llevaría todo al aeropuerto, tendría que venir a las dos, porque él había descubierto que a las cuatro las dependencias de carga aérea cerraban para el fin de semana. Habíamos contado con el sábado. En unas semanas habíamos empacado siete barriles. Tendríamos media hora para terminar la otra mitad del trabajo. Sharon y yo empezábamos a tirar las cosas a los barriles. A veces parecía que no cabría, pero nuestro hijo había orado que todo saliera a medida, y así fue. Antes buscaríamos la pieza exacta para llenar un hueco, pero ahora parecía que la pieza exacta se presentara y se ofreciera. Recuerdo que cogí el tocadiscos (fue el año 1982) y lo metí en el fondo de un barril sin ceremonia y tiré juguetes y ropa encima.

Mi marido decidió llamar el taxi de carga de inmediato, porque podrían tardar mucho en venir. Pero por “suerte” vino en cinco minutos. Cargaban los barriles mientras Sharon y yo terminamos. Tuvieron que esperar mientras poníamos la tapa del último.

Luego con más calma comparamos la lista de lo que habíamos metido en cada barril con otra lista que yo había inventado antes para conseguir la licencia de exportación (el permiso para sacar nuestras cosas del país). Habíamos puesto casi todo en el barril “correcto” (a los agentes de la aduana les podría importar).

Cuando recibimos las cosas en California, descubrimos que lo único que se había dañado en el proceso era un plato. A Dios hasta los detalles le preocupan.

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