Buenas Aventuras

En general, la religión es aburrida. Sin embargo, no hay nada más interesante en toda la creación que Dios mismo. No hay aventura mejor que las que podemos tener con Jesucristo. Siempre resultan buenas, y las historias no tienen nada de aburridas. Ser "bienaventurado", equivale a ser bendecido. Hace más de 40 años empecé a tener aventuras con Cristo. Aquí comparto contigo algunas de mis historias.

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Lugar: Indiana, United States

5.9.08

Cruz y rayo

Parece que necesito un rayo del cielo para convencerme a cambiar de dirección. Hace unos meses que no escribo aquí. El Señor no ha fallado, sino que soy yo que no he compartido sus bendiciones con otros como es debido.

Hace unas semanas mi marido y yo fuimos a visitar a nuestro hijo y su familia, que viven a hora y media del lugar en Estados Unidos donde estamos por el momento. Cuando íbamos saliendo de su casa de noche para regresar a la nuestra, de repente una tormenta tremenda se declaró. Subió el viento y los rayos iluminaron el cielo casi continuamente. Los truenos competieron con el alarido de la alarma anunciando un posible tornado. Decidimos no salir en el coche. Con cierta ansiedad todos vimos el reportaje en la televisión que daba noticias de la tormenta, trazando su pasaje por esa región.

Al fin el mapa en la televisión mostraba que lo más gordo de la tormenta ya nos había pasado, siguiendo al este. Como nosotros íbamos para el oeste decidimos partir para la casa. Todo fue bien durante la primera hora, pero luego vimos que por adelante otra vez el cielo estaba continuamente iluminado. ¡Era otra tormenta igual que la primera! Venía directamente hacia nosotros y no había ningún lugar para escondernos. Dentro de pocos minutos viajábamos en el puro centro de la tormenta, los rayos iluminando nuestro camino como si fuera de día.

Un trueno ensordecedor, un temblor en la tierra, y la luz brillante del rayo llegaron simultáneamente cuando un rayo tocó tierra a pocos metros del coche. A pesar de que nuestro coche estaba más alto que lo que estaba al lado del camino, el rayo había caído a nuestro lado. Dios nos había protegido. Tengo que contarlo.

“El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente…
No temerás el terror nocturno..” Salmo 91: 1, 5

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27.11.06

Compartir lo que no hay

La Biblia nos dice que practiquemos la hospitalidad, aun con personas que no conocemos bien, porque algunos así han hospedado a ángeles. Siempre me ha gustado tener invitados, ángeles o no, pero una vez le dije a mi marido que no invitara a un necesitado a comer.

Ocurrió cuando salíamos de la iglesia un domingo por la mañana. Mi marido vio entre la gente a un anciano que él había conocido hacía años. El hombre venía de otra ciudad algo lejos y no tenía familia en nuestro pueblo. No le conocían muchas personas de la iglesia y era obvio que él tendría que almorzar solito. Mi marido me dijo que teníamos que invitarle a comer con nosotros en casa.

Pero no había comida en casa. Normalmente yo podía producir algo, aunque hiciera mucho tiempo que no había ido al supermercado. Pero ese día no había absolutamente nada en la cocina. Ni carne ni queso ni macarones ni pan ni judías ni una lata de atún. Bueno, sí había un pedazo de carne congelada, pero en esos días antes de los microondas habría sido imposible prepararla.

Dije que no. Pero mi marido dijo que teníamos que hacerlo y que Dios proveería lo necesario. Consentí al fin, pero con mucha preocupación.

El hombre se puso tan contento con nuestra invitación que me sentía aún peor, porque no iba a ser tan bonito como él suponía. Sin embargo, él dijo que no aceptaba la invitación. Estaba tan impresionado por la invitación que insistió en llevarnos a comer en un restaurante. El restaurante que él eligió era el más elegante de toda la región, un lugar del cual nunca habíamos pensado ni traspasar el umbral, con el presupuesto familiar que teníamos. La comida resultó fabulosa y la conversación también, y pasamos la tarde muy a gusto.

Intento recordar que cuando practico la hospitalidad puede ser que el ángel me hospede a mí.

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5.11.06

El indicador en cero

Habíamos calculado muy mal. O tal vez, no me acuerdo muy bien, no habíamos calculado nada. Pero el resultado era que nos encontramos en el campo a unos cien kilómetros de la capital, en un enorme coche alquilado que engullía gasolina, y con el indicador de combustible en “cero”. No habría gasolinera antes de llegar a la ciudad.

Lo peor era que mis padres estaban con nosotros. Habían venido a Costa Rica para visitarnos. Les habíamos llevado, con nuestros tres niños, a conocer otras partes del país, y veníamos de regreso a la casa. Su presencia con nosotros era un problema porque ellos apenas soportaban nuestro entusiasmo para Jesucristo. Cuando decíamos algo de que el Señor nos cuidaba y nos suministraba lo necesario, mi madre generalmente respondía con un sorbo por las narices y cambiaba el tema. ¿Cómo reaccionarían si nos quedáramos inmovilizados en el campo sin recursos? Sin embargo, a mí no me tocaba defender a Dios. Él es perfectamente capaz de defender a si mismo.

Todavía funcionaba el motor, pero como no era nuestro coche no sabíamos cuánta gasolina podría quedar con el indicador tan bajo. Seguimos el camino, orando, y yo empezaba a estudiar un plano de la ciudad para descubrir el camino más corto a la primera estación que conocíamos. Cayó la noche mientras dábamos gracias por cada kilómetro recorrido.

Entramos en la ciudad y empecé a dar direcciones del plano, esperando que no hubieran cambiado el sentido de las calles de dirección única. Una sola vuelta equivocada podría dejarnos paralizados. Pronto vimos la gasolinera, a unos dos cientos metros, pero había que esperar en un semáforo en rojo, consumiendo gasolina preciosa.

Cuando las ruedas delanteras del coche tocaron la entrada a la estación, el motor dejó de funcionar. Había momento suficiente para que el resto del coche subiera la cuesta de la entrada también, así que no obstaculizamos la calle. Dando gracias a Dios empujamos el coche hasta la bomba. Otra vez el Señor nos había sacado para adelante.

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31.10.06

Un regalo de sal

Salí del supermercado dando gracias a Dios por haber podido comprar casi todo lo que necesitábamos, pero lamentando ya que las bolsas pesaran tanto. El día anterior nuestra familia de cinco personas había regresado a Costa Rica después de varios meses en Estados Unidos, y no había nada de comida en casa. Había comprado un pollo, que en ese país en ese entonces era comida de fiesta, para celebrar nuestro regreso, pero la tienda no tenía sal. Los que tenían un monopolio de la sal no la estaban vendiendo, intentando forzar el gobierno a subir el precio máximo que se había fijado para ella. Así que no se podía comprar sal por ninguna parte.

En la parada de buses encontré a una vecina. Marielos amaba muchísimo a Jesucristo, y a pesar de su falta de educación formal era una persona muy sabia, a quien yo había consultado muchas veces. Ella también venía del supermercado, pero su bolsa no estaba tan llena como las mías. Ella y su hija vivían en una casita casi vacía de muebles y apenas tenían para comer y vestirse. En la bolsa suya no habría pollo.

Ella me dio la bienvenida al país y mientras esperábamos el bus nos contamos las noticias. Le comenté mi frustración por la falta de sal, porque la sopa sin sal realmente es horrible. Ella expresó su sorpresa que yo no tenía nada, y dijo que ella sí tenía, y que yo debía que ir a su casa para que me diera algo. Antes de bajar del bus me hizo prometer que iría a su casa esa misma tarde, y que llevaría una bolsita para sal.

Cuando llegué a mi casa me puse a pensar en la oferta de sal. Me sentiría culpable quitándole algo de lo poco que tenía, pero ya no había remedio. No podía ofrecer pagarle la sal, porque lo tomaría como un insulto muy grande. Igualmente ella se habría ofendido si le hubiera ofrecido otra recompensa. Afortunadamente ella había mencionado que su hija cumplía años el día siguiente, y busqué un detalle para llevarle.

Esa tarde Marielos sacó una bolsita de un cuarto de kilo de sal y volcó la mitad en la bolsita que yo había llevado a su casa. Obviamente ella no tenía más sal, pero cuando protesté por su excesiva generosidad ella me contestó que los que tenemos debemos compartir con los que no, y así todos tendremos lo necesario. No lo dijo para reprocharme, sino pensando en llenar mi necesidad.

Volví a mi casa impresionada con una lección que todavía estoy intentando poner en práctica.

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25.10.06

Un libro en el correo

El vicio más costoso al que soy adicta son los libros. Mi marido es igual. No podemos resistir las tentaciones de una buena librería, y como resultado tenemos una biblioteca bastante amplia. La mayoría son libros profesionales de la física, la química y la psicología, que antes de la época del Internet eran nuestras herramientas de trabajo. Cuando nos trasladamos a España una tonelada de ellos nos acompañó. (Ya os he dicho que soy química. También soy psicóloga. Algún día os contaré la historia detrás de eso).

Dije que nos acompañaron, pero no era exactamente así. La manera más barata de mandar libros desde Estados Unidos es por correo, usando unos sacos especiales. Mandamos los 50 sacos de libros antes de venir, sabiendo que sería meses antes de recibirlos. Así que mes y medio después de llegar, aún no teníamos libros.

Unos compañeros de trabajo en Córdoba me habían pedido que enseñara un curso para capacitar a personas para ayudar a gente con problemas personales. Mientras preparaba el curso, sentía que me fluían las ideas, y que Dios me estaba ayudando en la tarea. Pero llegué a un punto cuando me di cuenta que necesitaba unos datos de cierto libro, un libro que venía en camino. Puse mi necesidad delante de Dios, pues no había otro remedio.

Un par de horas después, sonó el timbre. Era un amigo que nos trajo los primeros sacos de libros que vendrían llegando poco a poco por mucho tiempo. ¿Cuáles sacos serían? ¿Qué tipo de libros llevarían?

Ya lo sabías. El libro que necesitaba estaba entre ellos, juntamente con otro que también sería de valor para el trabajo. Me animó mucho saber que Dios también estaba trabajando en el proyecto, señal de una buena aventura.

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21.10.06

La fe de un niño

Vi con mucha preocupación las primeras gotas de lluvia. Rápidamente las gotas aisladas se convirtieron en una lluvia constante, y luego en una tormenta intensa. Ni pude ver detrás de las cortinas de agua que caían alrededor de la casa.

Estaba preocupada por mis hijas, que dentro de unos minutos saldrían del colegio y empezarían a caminar el medio kilómetro a casa. No llevaban paraguas. Normalmente les habría preparado toallas, ropa seca y un chocolate caliente y les habría esperado con paciencia. Pero hoy no era un día normal y la situación era difícil. Inmediatamente después de su llegada del colegio tendríamos que meternos en el coche y viajar unos 600 kilómetros a otra ciudad, donde mi marido ya nos esperaba. Ya había empacado las maletas, que estaban en el maletero del coche. Como íbamos a quedarnos allí más de una semana, había empacado toda la ropa de que las niñas disponían. Si llegaran empapadas, no habría ropa seca para ponerles y tendrían que viajar horas en la ropa mojada.

¿Qué hacer? No podía ir al colegio con el coche para recogerlas, porque había tres o cuatro puertas de las cuales podrían salir y muchas opciones de calles para elegir su camino. Añadiendo esto a la dificultad de ver por la lluvia, lo más probable sería que ni las vería antes que llegaran a la casa aunque fuera a buscarlas.

Presenté mi problema al Señor, pero sin mucha fe de ver solución. También compartí mi preocupación con Andrés, mi hijo de cuatro años, que esperaba en casa conmigo. Cuando Andrés entendió por qué no quería que sus hermanas caminaran en la lluvia, él fue inmediatamente sin decir nada a la puerta de la casa. La abrió, sacó la cabeza afuera, miró al cielo, y gritó, “Deja de llover en el nombre de Jesucristo”.

Me sorprendió su acción, porque ni se me había ocurrido hacer tal cosa. Pero me quedé atónita cuando segundos después dejó de llover. De repente desaparecieron las cortinas de agua y no caía ni gota excepto de los árboles. Como que alguien hubiera cerrado el grifo.

Las niñas llegaron secas. Cerramos la casa y nos metimos en el coche para el viaje. Cuando el coche empezaba a moverse, volvió la lluvia con la intensidad de antes. Costaba conducir en tal lluvia, pero llegamos bien a nuestra destinación.

¿Quien tuviera la fe de un niño!

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26.9.06

¿Un pastor alemán?

Después de caminar unos cinco minutos, gradualmente me di cuenta que la calle no era tan segura como yo había pensado. Durante el día el barrio donde acábamos de alquilar una casa parecía muy tranquilo. Pero ahora en la oscuridad el caminar hasta el buzón de correo para echar unas cartas tal vez no era muy sabio.

No había mucha gente en la calle, y la que había tenía aspecto algo extraño. Pasaban coches, pero rápidos, y los conductores no prestaban atención a los que caminaban. Tuve que decidir o seguir 300 metros más para el buzón o regresar ya a la casa y dejar las cartas para mañana. Como ya había progresado casi la mitad del camino, decidí seguir.

Sentía más y más miedo con cada paso y empecé a pedirle a Dios que me protegera, aunque yo me había metido neciamente. Yo vigilaba todo el entorno, no sé con cuál propósito, porque no tenía con qué defenderme si a alguien se le ocurriera asaltarme.

Algo se me acercaba rapidamente, cruzando un pequeño espacio verde. Era el pastor alemán más grande que yo nunca hubiera visto, y corría directamente a mí. Luché para controlar el pánico que sentía, recordando que los perros pueden detectar el miedo. Cuando ya estaba cerca le saludé en lo que esperaba fuera una voz amigable. Le pregunté si él tamibén tenía que mandar una carta y si le gustaba la brisa ligera que soplaba.

Parecía que sí, tenía que echar una carta, porque se puso a caminar a mi lado. No era exactamente a mi lado, sino un poco detrás, con la nariz cerca de mi rodilla. Seguimos caminando así unos minutos mientras yo inventaba cosas para hablar, y poco a poco yo perdía el miedo. No me iba a atacar. Mas bien parecía que había venido para acompañarme. Y eso me protegía también de otros ataques. Con un perro tan grande y tan obviamente bien entrenado a mi lado, nadie iba a meterse conmigo. Nadie sabría que no era mi propio perro. Empezaba a reírme.

Suponía que cuando llegamos al buzón y yo tenía que regresar a la casa que el perro iba a seguir su camino. Pero no. También dio la vuelta y me acompañó hasta la casa. ¿Querría también entrar en la casa? Me acerqué a la puerta y lo miré. No paró, sino seguía en la dirección de donde había venido originalmente. Volvió la cabeza para mirarme y brevemente la levantó como un adios. Yo le dije buenas noches y muchas gracias.

En todo el tiempo que vivimos en esa casa, nunca volví a ver ese perro. Creo que no era realmente un perro. Creo que Dios me había mandado un ángel para cuidarme.

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20.9.06

Una aventura de transición

Mi hija, Sharon, y yo nos divertíamos mucho empacando los barriles. Después de muchos años de vivir en Costa Rica ya era el momento de trasladarnos a California, donde yo tendría que estudiar. Terminábamos una aventura y empezábamos otra. Habíamos vendido todo lo que no tenía importancia emocional para alguien de la familia, y empacábamos el resto. Teníamos unos seis o siete barriles vacíos en el centro de la sala, y alrededor los enseres de la casa para llenarlos. Poníamos algo pesado al fondo y encima las cosas más frágiles envueltas en cortinas y mantas. Era viernes y nuestro avión no salía hasta el lunes. ¡Qué alivio no tener que apurarnos!

Además de la convicción que teníamos por dentro que esto era lo que teníamos que hacer, las experiencias de los días anteriores nos habían confirmado que Dios estaba trabajando en el asunto. El quería que fuéramos. Costa Rica sufría una crisis económica y no permitía que nadie sacara dinero del país, lo cual nos complicaba la vida para poder comprar otra casa en California. Pero un norteamericano compró la casa, y el dinero cambió de bancos en Estados Unidos, ni entrando en Costa Rica. Hasta en los detalles vimos la mano de Dios. A la hora que los que habían comprado un mueble pesado querían llevárselo, mi marido con su espalda herida no estaba en casa y encontraron unos jóvenes para ayudar. Muchas veces las personas a quienes teníamos que entregar cosas se presentaban en la puerta de la casa, como si tuvieran una cita, aunque no les habíamos llamado. Cuando habíamos vendido la mesa del comedor y la de la cocina también, nos llamó el futuro dueño de la casa para preguntar si no sería demasiada molestia guardarle una mesa por unos días. Ninguna molestia, le aseguramos.

Poco antes de las dos de la tarde ese viernes, mi marido dijo que el taxi de carga, un camión que lo llevaría todo al aeropuerto, tendría que venir a las dos, porque él había descubierto que a las cuatro las dependencias de carga aérea cerraban para el fin de semana. Habíamos contado con el sábado. En unas semanas habíamos empacado siete barriles. Tendríamos media hora para terminar la otra mitad del trabajo. Sharon y yo empezábamos a tirar las cosas a los barriles. A veces parecía que no cabría, pero nuestro hijo había orado que todo saliera a medida, y así fue. Antes buscaríamos la pieza exacta para llenar un hueco, pero ahora parecía que la pieza exacta se presentara y se ofreciera. Recuerdo que cogí el tocadiscos (fue el año 1982) y lo metí en el fondo de un barril sin ceremonia y tiré juguetes y ropa encima.

Mi marido decidió llamar el taxi de carga de inmediato, porque podrían tardar mucho en venir. Pero por “suerte” vino en cinco minutos. Cargaban los barriles mientras Sharon y yo terminamos. Tuvieron que esperar mientras poníamos la tapa del último.

Luego con más calma comparamos la lista de lo que habíamos metido en cada barril con otra lista que yo había inventado antes para conseguir la licencia de exportación (el permiso para sacar nuestras cosas del país). Habíamos puesto casi todo en el barril “correcto” (a los agentes de la aduana les podría importar).

Cuando recibimos las cosas en California, descubrimos que lo único que se había dañado en el proceso era un plato. A Dios hasta los detalles le preocupan.

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5.9.06

La noche cuando me llevaron a casa

Cuando yo tenía como cinco años, una mujer me introdujo a Jesucristo de tal manera que yo no resistía. Me enamoré de Jesús.

Años más tarde cuando llegué a la universidad descubrí que la fe de una niña de cinco años no podía hacer frente al desafío de muchos profesores y compañeros de clase que rechazaban a Dios. Asistía a una iglesia, pero cuando recitaban el credo iba eliminando lo que ya no creía, hasta quedar con “Creo en Dios,” nada más.

Seguía creyendo en Dios, porque mientras estudiaba la química, la física y la biología veía tanto orden en el universo que me era difícil creer que todo eso llegó a ser por accidente. Soy una persona de poca fe, y me costaba más creer en la casualidad que en Dios. Pero no sabía cómo era Dios. Suponía que seguiría existiendo, pero si se interesaba por los humanos, no había manera de descubrirlo. No valía la pena intentar complacerlo, porque uno podría sacrificarse inútilmente.

Un día un compañero del laboratorio de química me invitó a acompañarle a la reunión de un grupo cristiano. Le dije que no, pero persistía tanto que al fin fui con él para que dejara de molestar. Me gustó la reunión, mayormente porque la gente era amable conmigo en un tiempo que me había sentido muy sola. Seguía asistiendo, fingiendo creer como ellos para que no me rechazaran, para cultivar amistades. Incluso empecé a asistir a una reunión de oración diaria que tenían.

Allí encontré algo raro. Oraban como realmente esperaban que alguien les escuchara. Y los resultados me hacían pensar que tal vez era cierto. Día tras día pedían cosas prácticas y necesarias para su vida y la de otros, y en los días siguientes venían contando como habían conseguido lo que habían pedido, muchas veces por vías totalmente inesperadas. Si hubiera ocurrido unas pocas veces, yo habría dicho que era casualidad, pero eran muchas veces. Me hacía pensar que tal vez Dios se interesaba por ellos.

Un viernes por la noche en pleno invierno yo estudiaba en la biblioteca universitaria. Cuando salí, me golpeó fuertemente el frío. Preguntando, descubrí que hacía 40º grados bajo cero (hay que entender que estaba en el norte de Estados Unidos). Yo tenía que caminar hasta la casa, más de dos kilómetros, y sabía que no sería posible. No conocía a gente que viviera por el camino para poder calentarme cada cinco o diez minutos. Llamé a mis padres para que me recogieran, pero dijeron que ya habían probado el coche y no arrancaba. Llamé a un taxi, pero me dijeron que con el frío todo el mundo quería taxi y sería tal vez la una o las dos de la madrugada antes que me podrían recoger. El edificio donde estaba se cerraba dentro de 20 minutos. Decidí volver a la biblioteca, porque allí había gente que tendría que salir dentro de poco, y tal vez hubiera alguien que yo conociera que me pudiera llevar. Busqué por todo el edificio, pero no encontré a nadie conocido. Como último recurso decidí llamar a algunas de mis nuevas amigas cristianas, las que vivían en el mismo campus, a ver si me dejaban dormir en el suelo esa noche. Pero todas se habían ido a su pueblo ese fin de semana. Yo estaba atrapada. No podía quedarme donde estaba, pero tampoco podía irme a ningún lado.

Decidí poner a prueba lo que había observado en las reuniones de oración. Dije, “Dios, si tú existes y te preocupas algo por mí, necesito cómo ir a casa.” Se me ocurrió volver a la biblioteca. En la planta baja no había nadie. Mientras subía las gradas a la segunda planta, bajaba una mujer que yo había visto varias veces, pero no nos conocíamos realmente y no nos saludamos. Yo había llegado arriba y ella abajo cuando me llamó. “¡Carolina!” Sorprendida que ella conociera mi nombre, me volví. “Supongo que buscas quien te lleve a casa,” dijo. Admití que era cierto y ella dijo que salía en ese momento, que tenía su coche muy cera, y que me llevaría. Casi me caigo por la escalera entera.

Nos montamos en su coche, pero cuando ella intentó arrancarlo el coche hacía sonidos que significaban que no había esperanza ninguna. Yo en silencio di gracias a Dios por la oferta, pero le recordé que había pedido no la oferta sino el transporte a casa. El coche arrancó de inmediato y dentro de diez minutos yo estaba en casa.

Dios amaba a los otros, pero también me amaba a mí. Hacía falta que yo le pidiera para que me lo mostrara.

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22.8.06

La goma del radiador

El coche viejo que teníamos cuando vivíamos en Costa Rica lo llamábamos “Hermano Burrito” porque tenía el hábito de echar las orejas para atrás y no caminar. Un sábado por la tarde íbamos a visitar a unos amigos que vivían en la ciudad de Liberia, en la parte noroeste del país. La Carretera Panamericana allí pasa por una región desierta y poco poblada. Era posible ir kilómetros y kilómetros sin ver ni casa, ni edificio, ni otro coche, ni nadie.

De repente, vimos vapor y agua sucia que salía de los lados del capó. Paramos el coche al lado del camino. Una de las gomas del radiador se había reventado, dejando una abertura de unos diez a doce centímetros de largo en un lado. Mi marido sacó de su caja de herramientas lo poco que quedó de un rollo de cinta de electricista. Apenas había suficiente para envolver la goma con una capa de cinta. (Mi marido siempre decía que no saldría de la región poblada de la meseta central sin su caja de herramientas. Yo siempre decía que no saldría de allí sin mi “mecánico”).

Pero habíamos perdido toda el agua. El agua que teníamos para beber no bastaría para llenar el sistema. Aunque habíamos encomendado a Dios nuestro viaje al principio, ahora era el momento para pedirle ayuda especial, porque estábamos a cien kilómetros de ningún lugar sin manera de movernos, y con tres niños a cargo.

Notamos que en el otro lado del camino había unos árboles juntos y descubrimos que había una casita allí. La familia tenía un pozo y nos regaló agua. También nos dijeron que había una tienda a como dos kilómetros donde tal vez tuvieran una goma de repuesto.

Había poca esperanza de encontrar nada abierto el sábado por la tarde, pero no teníamos más remedio que intentarlo. Cuando llegamos a la tienda, estaba cerrada. Mientras nos sentábamos allí hablando de qué íbamos a hacer, el dueño de la tienda llegó en su coche, como si hubiera tenido cita con nosotros. Él llevó a mi marido a una nave, que estaba completamente vacía excepto que en un rincón había unas baldas con gomas de radiador. Compramos una del tamaño correcto y la instalamos. Llegamos a la casa de nuestros amigos a tiempo para merendar.

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10.8.06

La bombona

Mi marido y yo y nuestro hijo adolescente llegamos a España en octubre del 1989. Como no teníamos muebles, alquilamos una casa amueblada y empezamos a aprender cómo vivir aquí. El dueño de la casa explicó que había una huelga de los repartidores de butano y por eso solamente podía suplirnos una bombona casi vacía. Dijo que nos buscaría otra. Al mover la bombona nos dimos cuenta que había como máximo seis centímetros de líquido. Como nunca habíamos usado bombonas, no teníamos idea de cuánto tiempo tal cantidad podría servir a tres personas para bañarse y comer caliente.

El dueño volvió dos semanas después sin traernos una bombona llena y expresó sorpresa que no se había terminado la que teníamos. Le aseguramos que comíamos y nos bañábamos bien, pero después que él se fue empezamos a preguntar si realmente nos íbamos a quedar sin butano. Ya usábamos lo mínimo y no podríamos economizar más. Estábamos convencidos que Dios nos había indicado que viniéramos a España y que habíamos obedecido su dirección. Decidimos que en tal caso le tocaba a Dios hacer las provisiones y que no nos íbamos a preocupar.

Cuando el dueño vino a cobrar (sin bombona) dos semanas más tarde, estaba atónito al saber que seguía funcionando la que teníamos. Le contamos la historia de una viuda en la Biblia, que Dios hizo que un poco de aceite que ella tenía llenara muchos jarros. El hombre opinó que algo por el estilo ciertamente pasaba.

El último domingo de noviembre cuando preparé la cena, terminé de cocinar pero no apagué la candela. Se apagó solo. Después de 46 días, se había terminado el butano. Nuestro hijo opinó que a lo mejor se había terminado la huelga. De hecho, la mañana siguiente el camión estaba en la calle, a tiempo para que desayunáramos con café.

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