Buenas Aventuras

En general, la religión es aburrida. Sin embargo, no hay nada más interesante en toda la creación que Dios mismo. No hay aventura mejor que las que podemos tener con Jesucristo. Siempre resultan buenas, y las historias no tienen nada de aburridas. Ser "bienaventurado", equivale a ser bendecido. Hace más de 40 años empecé a tener aventuras con Cristo. Aquí comparto contigo algunas de mis historias.

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Lugar: Indiana, United States

15.12.06

La voluntad de Dios por escrito en 85 minutos

La Biblia promete que si pedimos sabiduría la recibiremos, y cuando necesitamos dirección la conseguiremos si realmente queremos hacer la voluntad de Dios. Pero ¡vaya qué difícil puede ser a veces!

Se nos había presentado un posible cambio de trabajo muy interesante, pero con muchos incógnitos. Los amigos con quien lo habíamos consultado habían apoyado el cambio, pero nuestros jefes, a quienes respetamos mucho, nos decían que no se podía justificar el gasto y el tiempo requeridos. El día que recibimos la carta de los jefes, lo hablamos en la sobremesa. Nuestro hijo pequeño estaba con nosotros y él por su cuenta decidió orar que Dios nos mostrara la respuesta por escrito dentro de 85 minutos. No sabemos de dónde sacó tal límite de tiempo.

Un poco más de una hora más tarde, una amiga vino inesperadamente a la casa. Dijo que había encontrado algo en el libro de Eclesiástico en la Biblia y sentía que tuviera que compartirlo conmigo, sin saber por qué. In el capítulo 37 dice que no hay que tener confianza en consejeros que pueden beneficiar si sigues su consejo, sino que hay que escuchar los que andan cerca del Señor. Era evidente que los jefes que no querían el cambio se beneficiarían de su propio consejo. La inspiración divina del libro de Eclesiástico se cuestiona, y por eso no lo leo mucho, pero el mensaje era correcto por la ocasión. Si cambiáramos del trabajo, esos jefes no tendrían autoridad sobre nosotros de todas formas.

Muchos años después, mantenemos que esa dirección era lo correcto.

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27.11.06

Compartir lo que no hay

La Biblia nos dice que practiquemos la hospitalidad, aun con personas que no conocemos bien, porque algunos así han hospedado a ángeles. Siempre me ha gustado tener invitados, ángeles o no, pero una vez le dije a mi marido que no invitara a un necesitado a comer.

Ocurrió cuando salíamos de la iglesia un domingo por la mañana. Mi marido vio entre la gente a un anciano que él había conocido hacía años. El hombre venía de otra ciudad algo lejos y no tenía familia en nuestro pueblo. No le conocían muchas personas de la iglesia y era obvio que él tendría que almorzar solito. Mi marido me dijo que teníamos que invitarle a comer con nosotros en casa.

Pero no había comida en casa. Normalmente yo podía producir algo, aunque hiciera mucho tiempo que no había ido al supermercado. Pero ese día no había absolutamente nada en la cocina. Ni carne ni queso ni macarones ni pan ni judías ni una lata de atún. Bueno, sí había un pedazo de carne congelada, pero en esos días antes de los microondas habría sido imposible prepararla.

Dije que no. Pero mi marido dijo que teníamos que hacerlo y que Dios proveería lo necesario. Consentí al fin, pero con mucha preocupación.

El hombre se puso tan contento con nuestra invitación que me sentía aún peor, porque no iba a ser tan bonito como él suponía. Sin embargo, él dijo que no aceptaba la invitación. Estaba tan impresionado por la invitación que insistió en llevarnos a comer en un restaurante. El restaurante que él eligió era el más elegante de toda la región, un lugar del cual nunca habíamos pensado ni traspasar el umbral, con el presupuesto familiar que teníamos. La comida resultó fabulosa y la conversación también, y pasamos la tarde muy a gusto.

Intento recordar que cuando practico la hospitalidad puede ser que el ángel me hospede a mí.

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20.11.06

El miedo y el amor

Los que me conocen ahora tienen dificultad en creerlo, pero no tuve ningún amigo hasta la edad de 20 años. Temía tremendamente a la gente. Me aislaba completamente del contacto social, porque "siempre" tal contacto resultaba en vergüenza para mí. Era como si mantuviera un muro a mi alrededor, un muro unos dos metros de alto y grueso como los muros de un castillo. Con almenas, por si acaso.

Un año después de entregar mi vida a Cristo, yo cobraba más confianza en el Señor y lo que El quería hacer en mi vida. Desarrollé el hábito de leer la Biblia todos los días. Un día leí 2 Timoteo 1: 7, y me impresionó mucho. Dice: "No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio". "Cobardía" a veces se traduce también como "miedo" o "temor". Yo sabía que tenía una actitud de temor.

Pero pude ver a partir de este versículo que Dios no me había dado tal actitud. No sabía de dónde la tenía, pero decidí que si Dios no me la había dado, no la quería. ¿Qué actitud había que tener, entonces? Dice: "una actitud de poder, de amor y de dominio propio". Me parecía una broma muy pesada. No sentía nada de poder ni amor ni dominio propio en mi interior. Pero si en teoría lo había recibido ya, decidí actuar como si fuera cierto. Cuando se me presentaba la posibilidad de tener que relacionarme con la gente, intentaba preguntarme qué haría si yo tuviera amor en vez del miedo que sentía. Luego reclamaba el poder y el dominio propio que se me prometían y actuaba como si tuviera amor, queriendo o no. Para mi completa sorpresa, no me iba mal. La gente no me rechazaba. Poco a poco iba haciendo amigos, algo que en mi vida nunca había tenido.

Unos meses después me llegó un mensaje del decano de la facultad de la universidad donde estudiaba. Normalmente una nota del decano inspira miedo en el corazón de cualquiera. Fui a verlo. Dijo que en una reunión de la facultad esa mañana habían hablado de mí. Habían notado que mi conducta había cambiado mucho últimamente, que estaba mucho más libre, mucho más alegre. Querían saber qué me había pasado.

Más de 40 años más tarde, aún tengo momentos en que el miedo quiere apoderarse de mí. Quiero esconderme detrás de mi muro y no ver a nadie. Pero ahora mi patrón normal de estar con las personas es más libre. Puedo elegir amar a mi prójimo.

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12.11.06

Otra manera de cambiar el vecindario

Estábamos bastante contentos con la nueva casa que habíamos alquilado. Era bonita y tenía todo lo que realmente necesitábamos. Pero después de unas semanas de vivir allí nos dimos cuenta que el vecindario tenía un problema: un cortijo abandonado.

No nos parecía buen lugar para el futuro de nuestro hijo adolescente, pues frente a nuestra casa se congregaron los que vendían y usaban drogas. Entrar por allí, aun durante el día, daba miedo por el aspecto hostil y enfermizo de los “inquilinos”.

Mi marido decidió tomar cartas en el asunto. Recordamos que cuando Colón llegó a América declaró que tomaba la tierra en el nombre de los Reyes de España. Caminando alrededor del cortijo, mi marido oraba y declaraba que tomaba esa parcela en el nombre del Rey de Reyes (un nombre bíblico para Jesucristo). Tomando ejemplo de la historia de Josué en la batalla de Jericó (del libro bíblico de Josué, capítulo 6), lo hizo siete veces.

En menos de un mes llegaron las máquinas y derribaron lo que quedó del cortijo, dejando el suelo limpio, listo para construir un bloque de pisos.

Unas semanas después comentamos con una vecina lo que había ocurrido. Ella dijo que era una bendición, que hacía muchos años que los vecinos habían intentado quitar esa ruina.

Hubieran orado antes.

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5.11.06

El indicador en cero

Habíamos calculado muy mal. O tal vez, no me acuerdo muy bien, no habíamos calculado nada. Pero el resultado era que nos encontramos en el campo a unos cien kilómetros de la capital, en un enorme coche alquilado que engullía gasolina, y con el indicador de combustible en “cero”. No habría gasolinera antes de llegar a la ciudad.

Lo peor era que mis padres estaban con nosotros. Habían venido a Costa Rica para visitarnos. Les habíamos llevado, con nuestros tres niños, a conocer otras partes del país, y veníamos de regreso a la casa. Su presencia con nosotros era un problema porque ellos apenas soportaban nuestro entusiasmo para Jesucristo. Cuando decíamos algo de que el Señor nos cuidaba y nos suministraba lo necesario, mi madre generalmente respondía con un sorbo por las narices y cambiaba el tema. ¿Cómo reaccionarían si nos quedáramos inmovilizados en el campo sin recursos? Sin embargo, a mí no me tocaba defender a Dios. Él es perfectamente capaz de defender a si mismo.

Todavía funcionaba el motor, pero como no era nuestro coche no sabíamos cuánta gasolina podría quedar con el indicador tan bajo. Seguimos el camino, orando, y yo empezaba a estudiar un plano de la ciudad para descubrir el camino más corto a la primera estación que conocíamos. Cayó la noche mientras dábamos gracias por cada kilómetro recorrido.

Entramos en la ciudad y empecé a dar direcciones del plano, esperando que no hubieran cambiado el sentido de las calles de dirección única. Una sola vuelta equivocada podría dejarnos paralizados. Pronto vimos la gasolinera, a unos dos cientos metros, pero había que esperar en un semáforo en rojo, consumiendo gasolina preciosa.

Cuando las ruedas delanteras del coche tocaron la entrada a la estación, el motor dejó de funcionar. Había momento suficiente para que el resto del coche subiera la cuesta de la entrada también, así que no obstaculizamos la calle. Dando gracias a Dios empujamos el coche hasta la bomba. Otra vez el Señor nos había sacado para adelante.

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25.10.06

Un libro en el correo

El vicio más costoso al que soy adicta son los libros. Mi marido es igual. No podemos resistir las tentaciones de una buena librería, y como resultado tenemos una biblioteca bastante amplia. La mayoría son libros profesionales de la física, la química y la psicología, que antes de la época del Internet eran nuestras herramientas de trabajo. Cuando nos trasladamos a España una tonelada de ellos nos acompañó. (Ya os he dicho que soy química. También soy psicóloga. Algún día os contaré la historia detrás de eso).

Dije que nos acompañaron, pero no era exactamente así. La manera más barata de mandar libros desde Estados Unidos es por correo, usando unos sacos especiales. Mandamos los 50 sacos de libros antes de venir, sabiendo que sería meses antes de recibirlos. Así que mes y medio después de llegar, aún no teníamos libros.

Unos compañeros de trabajo en Córdoba me habían pedido que enseñara un curso para capacitar a personas para ayudar a gente con problemas personales. Mientras preparaba el curso, sentía que me fluían las ideas, y que Dios me estaba ayudando en la tarea. Pero llegué a un punto cuando me di cuenta que necesitaba unos datos de cierto libro, un libro que venía en camino. Puse mi necesidad delante de Dios, pues no había otro remedio.

Un par de horas después, sonó el timbre. Era un amigo que nos trajo los primeros sacos de libros que vendrían llegando poco a poco por mucho tiempo. ¿Cuáles sacos serían? ¿Qué tipo de libros llevarían?

Ya lo sabías. El libro que necesitaba estaba entre ellos, juntamente con otro que también sería de valor para el trabajo. Me animó mucho saber que Dios también estaba trabajando en el proyecto, señal de una buena aventura.

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22.10.06

Y por favor, ayuda a la mujer con pelo largo que toca el piano

“Y por favor, ayuda a la mujer con pelo largo que toca el piano.” Así nuestra hija Rebeca concluyó sus oraciones una noche. Era la costumbre de la familia orar juntos antes de acostar a los niños. Normalmente intercedían por amigos y miembros de la familia, pero esta referencia no parecía corresponder a nadie que Rebeca pudiera conocer.

Cuando le pregunté quién era, me dijo que no sabía, pero había “visto” la imagen de una mujer, a quien describió ampliamente, y sabía que esa mujer necesitaba la ayuda de Dios. Era una descripción muy exacta de una amiga mía que asistía a un grupo de estudio bíblico y oración que yo dirigía. Nuestra hija nunca la había conocido, pero tenía razón, que la mujer necesitaba ayuda. Estaba enferma, su puesto de trabajo estaba en peligro, su marido la maltrataba, y sufría de mucha ansiedad y depresión. También resistía la idea de entregar su vida a Jesucristo. A pesar de sus dificultades, prefería mandar ella en vez del Señor.

Rebeca oró por ella esa noche y un par de noches más. La próxima semana cuando vi a la mujer, estaba dispuesta a dejar que Jesucristo entrara en su vida. En las semanas siguientes su ansiedad y depresión disminuían y su salud mejoraba. Consiguió un trabajo nuevo. Su marido seguía igual, pero ella encontró maneras de esquivar lo peor. En unos meses parecía totalmente otra mujer.

Dios tenía que haber amado mucho a esa mujer para llamar así a una niña a la oración por ella. Que yo sepa nadie hizo nada más por ella que no estábamos haciendo ya. Parece que realmente importan las oraciones que hacemos a favor de otros. No es necesario ser un gigante espiritual para que Dios nos escuche, tampoco. La petición sencilla de una niña vale.

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21.10.06

La fe de un niño

Vi con mucha preocupación las primeras gotas de lluvia. Rápidamente las gotas aisladas se convirtieron en una lluvia constante, y luego en una tormenta intensa. Ni pude ver detrás de las cortinas de agua que caían alrededor de la casa.

Estaba preocupada por mis hijas, que dentro de unos minutos saldrían del colegio y empezarían a caminar el medio kilómetro a casa. No llevaban paraguas. Normalmente les habría preparado toallas, ropa seca y un chocolate caliente y les habría esperado con paciencia. Pero hoy no era un día normal y la situación era difícil. Inmediatamente después de su llegada del colegio tendríamos que meternos en el coche y viajar unos 600 kilómetros a otra ciudad, donde mi marido ya nos esperaba. Ya había empacado las maletas, que estaban en el maletero del coche. Como íbamos a quedarnos allí más de una semana, había empacado toda la ropa de que las niñas disponían. Si llegaran empapadas, no habría ropa seca para ponerles y tendrían que viajar horas en la ropa mojada.

¿Qué hacer? No podía ir al colegio con el coche para recogerlas, porque había tres o cuatro puertas de las cuales podrían salir y muchas opciones de calles para elegir su camino. Añadiendo esto a la dificultad de ver por la lluvia, lo más probable sería que ni las vería antes que llegaran a la casa aunque fuera a buscarlas.

Presenté mi problema al Señor, pero sin mucha fe de ver solución. También compartí mi preocupación con Andrés, mi hijo de cuatro años, que esperaba en casa conmigo. Cuando Andrés entendió por qué no quería que sus hermanas caminaran en la lluvia, él fue inmediatamente sin decir nada a la puerta de la casa. La abrió, sacó la cabeza afuera, miró al cielo, y gritó, “Deja de llover en el nombre de Jesucristo”.

Me sorprendió su acción, porque ni se me había ocurrido hacer tal cosa. Pero me quedé atónita cuando segundos después dejó de llover. De repente desaparecieron las cortinas de agua y no caía ni gota excepto de los árboles. Como que alguien hubiera cerrado el grifo.

Las niñas llegaron secas. Cerramos la casa y nos metimos en el coche para el viaje. Cuando el coche empezaba a moverse, volvió la lluvia con la intensidad de antes. Costaba conducir en tal lluvia, pero llegamos bien a nuestra destinación.

¿Quien tuviera la fe de un niño!

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26.9.06

¿Un pastor alemán?

Después de caminar unos cinco minutos, gradualmente me di cuenta que la calle no era tan segura como yo había pensado. Durante el día el barrio donde acábamos de alquilar una casa parecía muy tranquilo. Pero ahora en la oscuridad el caminar hasta el buzón de correo para echar unas cartas tal vez no era muy sabio.

No había mucha gente en la calle, y la que había tenía aspecto algo extraño. Pasaban coches, pero rápidos, y los conductores no prestaban atención a los que caminaban. Tuve que decidir o seguir 300 metros más para el buzón o regresar ya a la casa y dejar las cartas para mañana. Como ya había progresado casi la mitad del camino, decidí seguir.

Sentía más y más miedo con cada paso y empecé a pedirle a Dios que me protegera, aunque yo me había metido neciamente. Yo vigilaba todo el entorno, no sé con cuál propósito, porque no tenía con qué defenderme si a alguien se le ocurriera asaltarme.

Algo se me acercaba rapidamente, cruzando un pequeño espacio verde. Era el pastor alemán más grande que yo nunca hubiera visto, y corría directamente a mí. Luché para controlar el pánico que sentía, recordando que los perros pueden detectar el miedo. Cuando ya estaba cerca le saludé en lo que esperaba fuera una voz amigable. Le pregunté si él tamibén tenía que mandar una carta y si le gustaba la brisa ligera que soplaba.

Parecía que sí, tenía que echar una carta, porque se puso a caminar a mi lado. No era exactamente a mi lado, sino un poco detrás, con la nariz cerca de mi rodilla. Seguimos caminando así unos minutos mientras yo inventaba cosas para hablar, y poco a poco yo perdía el miedo. No me iba a atacar. Mas bien parecía que había venido para acompañarme. Y eso me protegía también de otros ataques. Con un perro tan grande y tan obviamente bien entrenado a mi lado, nadie iba a meterse conmigo. Nadie sabría que no era mi propio perro. Empezaba a reírme.

Suponía que cuando llegamos al buzón y yo tenía que regresar a la casa que el perro iba a seguir su camino. Pero no. También dio la vuelta y me acompañó hasta la casa. ¿Querría también entrar en la casa? Me acerqué a la puerta y lo miré. No paró, sino seguía en la dirección de donde había venido originalmente. Volvió la cabeza para mirarme y brevemente la levantó como un adios. Yo le dije buenas noches y muchas gracias.

En todo el tiempo que vivimos en esa casa, nunca volví a ver ese perro. Creo que no era realmente un perro. Creo que Dios me había mandado un ángel para cuidarme.

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5.9.06

La noche cuando me llevaron a casa

Cuando yo tenía como cinco años, una mujer me introdujo a Jesucristo de tal manera que yo no resistía. Me enamoré de Jesús.

Años más tarde cuando llegué a la universidad descubrí que la fe de una niña de cinco años no podía hacer frente al desafío de muchos profesores y compañeros de clase que rechazaban a Dios. Asistía a una iglesia, pero cuando recitaban el credo iba eliminando lo que ya no creía, hasta quedar con “Creo en Dios,” nada más.

Seguía creyendo en Dios, porque mientras estudiaba la química, la física y la biología veía tanto orden en el universo que me era difícil creer que todo eso llegó a ser por accidente. Soy una persona de poca fe, y me costaba más creer en la casualidad que en Dios. Pero no sabía cómo era Dios. Suponía que seguiría existiendo, pero si se interesaba por los humanos, no había manera de descubrirlo. No valía la pena intentar complacerlo, porque uno podría sacrificarse inútilmente.

Un día un compañero del laboratorio de química me invitó a acompañarle a la reunión de un grupo cristiano. Le dije que no, pero persistía tanto que al fin fui con él para que dejara de molestar. Me gustó la reunión, mayormente porque la gente era amable conmigo en un tiempo que me había sentido muy sola. Seguía asistiendo, fingiendo creer como ellos para que no me rechazaran, para cultivar amistades. Incluso empecé a asistir a una reunión de oración diaria que tenían.

Allí encontré algo raro. Oraban como realmente esperaban que alguien les escuchara. Y los resultados me hacían pensar que tal vez era cierto. Día tras día pedían cosas prácticas y necesarias para su vida y la de otros, y en los días siguientes venían contando como habían conseguido lo que habían pedido, muchas veces por vías totalmente inesperadas. Si hubiera ocurrido unas pocas veces, yo habría dicho que era casualidad, pero eran muchas veces. Me hacía pensar que tal vez Dios se interesaba por ellos.

Un viernes por la noche en pleno invierno yo estudiaba en la biblioteca universitaria. Cuando salí, me golpeó fuertemente el frío. Preguntando, descubrí que hacía 40º grados bajo cero (hay que entender que estaba en el norte de Estados Unidos). Yo tenía que caminar hasta la casa, más de dos kilómetros, y sabía que no sería posible. No conocía a gente que viviera por el camino para poder calentarme cada cinco o diez minutos. Llamé a mis padres para que me recogieran, pero dijeron que ya habían probado el coche y no arrancaba. Llamé a un taxi, pero me dijeron que con el frío todo el mundo quería taxi y sería tal vez la una o las dos de la madrugada antes que me podrían recoger. El edificio donde estaba se cerraba dentro de 20 minutos. Decidí volver a la biblioteca, porque allí había gente que tendría que salir dentro de poco, y tal vez hubiera alguien que yo conociera que me pudiera llevar. Busqué por todo el edificio, pero no encontré a nadie conocido. Como último recurso decidí llamar a algunas de mis nuevas amigas cristianas, las que vivían en el mismo campus, a ver si me dejaban dormir en el suelo esa noche. Pero todas se habían ido a su pueblo ese fin de semana. Yo estaba atrapada. No podía quedarme donde estaba, pero tampoco podía irme a ningún lado.

Decidí poner a prueba lo que había observado en las reuniones de oración. Dije, “Dios, si tú existes y te preocupas algo por mí, necesito cómo ir a casa.” Se me ocurrió volver a la biblioteca. En la planta baja no había nadie. Mientras subía las gradas a la segunda planta, bajaba una mujer que yo había visto varias veces, pero no nos conocíamos realmente y no nos saludamos. Yo había llegado arriba y ella abajo cuando me llamó. “¡Carolina!” Sorprendida que ella conociera mi nombre, me volví. “Supongo que buscas quien te lleve a casa,” dijo. Admití que era cierto y ella dijo que salía en ese momento, que tenía su coche muy cera, y que me llevaría. Casi me caigo por la escalera entera.

Nos montamos en su coche, pero cuando ella intentó arrancarlo el coche hacía sonidos que significaban que no había esperanza ninguna. Yo en silencio di gracias a Dios por la oferta, pero le recordé que había pedido no la oferta sino el transporte a casa. El coche arrancó de inmediato y dentro de diez minutos yo estaba en casa.

Dios amaba a los otros, pero también me amaba a mí. Hacía falta que yo le pidiera para que me lo mostrara.

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30.8.06

La mejor enemiga

Estudiamos el español en un instituto en Costa Rica. Había clases enormes de gramática, pero para hacer ejercicios, mejorar la pronunciación, y practicar la conversación, nos dividieron en clases pequeñas de cinco a seis personas. Así que yo siempre estaba con las mismas cinco personas cuatro horas por día, día tras día, semana tras semana.

Entre esas personas había una mujer que me caía muy mal. Ella nunca estaba de acuerdo con nadie acerca de nada. Si alguien decía que x, ella decía que no, que w. No entendía nada en las clases porque no estudiaba, pero insistía en que el maestro se lo explicara otra vez, quitándonos tiempo. Hablaba en tonos muy fuertes usando muchas palabrotas. No respetaba la propiedad de otros, cogiendo libros y lápices ajenos como si fueran propios. Y no se bañaba.

Ella no era mi enemigo. Pero decidí obedecer lo que Jesucristo dijo acerca de amar a los enemigos, bendecir a los que te maldicen y orar por los que te persiguen. Cada día, entonces, empezaba el ciclo de clases pidiendo a Dios que ella dejara de molestar tanto. Pero Dios me corrigió. Eso no era bendecirla a ella, sino quejarme de ella y querer cambiarla. Para bendecir a alguien, hay que orar por él de una manera que le daría alegría si te escuchara. Cambié mi oración para pedir que ella estuviera contenta y que tuviera todo lo que necesitaba.

Después de un par de semanas, noté un cambio. Ella no me irritaba como antes. Yo suponía que esto era el resultado de mis oraciones diarias, que me estaban cambiando la actitud a mí para que ya no me concentraba tanto en las barbaridades que ella decía y hacía. Pero cuando hablé con mis compañeros de clase, descubrí que todos habían notado un cambio en ella. Era más humana, más amable. Unas semanas más tarde, me sorprendí a mi misma caminando de un lugar a otro con ella y hablando con ella como con una amiga.

Un día ella me contó su historia. Hacía poco más de un año su hija, investigadora en un laboratorio de química, había sido afectada fuertemente por un gas venenoso, que luego la dejó con vida, pero con el cerebro permanentemente afectado. Mientras la hija estaba todavía en cuidados intensivos, el marido de mi amiga sufrió un infarto serio. Un mes más tarde, su casa fue destruida por un incendio, y el seguro no era suficiente para comprar otra. Ella había decidido estudiar el español para distraerse de su situación.

Al final del curso, ella me presentó a su marido, ya recuperado, y que había llegado para recogerla. Dijo que yo era su mejor amiga. Para mí, era un honor.

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22.8.06

La goma del radiador

El coche viejo que teníamos cuando vivíamos en Costa Rica lo llamábamos “Hermano Burrito” porque tenía el hábito de echar las orejas para atrás y no caminar. Un sábado por la tarde íbamos a visitar a unos amigos que vivían en la ciudad de Liberia, en la parte noroeste del país. La Carretera Panamericana allí pasa por una región desierta y poco poblada. Era posible ir kilómetros y kilómetros sin ver ni casa, ni edificio, ni otro coche, ni nadie.

De repente, vimos vapor y agua sucia que salía de los lados del capó. Paramos el coche al lado del camino. Una de las gomas del radiador se había reventado, dejando una abertura de unos diez a doce centímetros de largo en un lado. Mi marido sacó de su caja de herramientas lo poco que quedó de un rollo de cinta de electricista. Apenas había suficiente para envolver la goma con una capa de cinta. (Mi marido siempre decía que no saldría de la región poblada de la meseta central sin su caja de herramientas. Yo siempre decía que no saldría de allí sin mi “mecánico”).

Pero habíamos perdido toda el agua. El agua que teníamos para beber no bastaría para llenar el sistema. Aunque habíamos encomendado a Dios nuestro viaje al principio, ahora era el momento para pedirle ayuda especial, porque estábamos a cien kilómetros de ningún lugar sin manera de movernos, y con tres niños a cargo.

Notamos que en el otro lado del camino había unos árboles juntos y descubrimos que había una casita allí. La familia tenía un pozo y nos regaló agua. También nos dijeron que había una tienda a como dos kilómetros donde tal vez tuvieran una goma de repuesto.

Había poca esperanza de encontrar nada abierto el sábado por la tarde, pero no teníamos más remedio que intentarlo. Cuando llegamos a la tienda, estaba cerrada. Mientras nos sentábamos allí hablando de qué íbamos a hacer, el dueño de la tienda llegó en su coche, como si hubiera tenido cita con nosotros. Él llevó a mi marido a una nave, que estaba completamente vacía excepto que en un rincón había unas baldas con gomas de radiador. Compramos una del tamaño correcto y la instalamos. Llegamos a la casa de nuestros amigos a tiempo para merendar.

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21.8.06

La rodilla y lo que aprendí de ella

Caerme al bajar unas gradas era cosa de un instante, el resultado de no fijarme por un segundo en por donde iba. Pero ponerme bien después no era tan rápido.

Se me partió un hueso en la rodilla, condición que el médico dijo podría dejarme lisiada por el resto de mi vida si no lo cuidaba bien. Lo cuidaba bien, pero era difícil, porque en ese entonces tenía tres niños pequeños. Al bebé de 18 meses le costó solamente unas horas descubrir que andando con muletas yo no lo podía coger. Gradualmente se estableció que Mamá no podía hacer ciertas cosas, y que todos tenían que contribuir sus esfuerzos para que la familia viviera bien.

Llegó el momento de quitar el yeso, y yo esperaba poder andar bien. Pero no. Había muchos ejercicios para hacer, y dolía mucho la pierna. No era posible hacer todo lo que había hecho antes, y muchas veces me quedé al margen de las actividades. Pedí la oración a muchas personas, pero no me sanaba. Pasaron un par de años y todavía la rodilla estaba muy tiesa y me dolía.

Un día yo estaba con unos amigos después de haber sido espectadora mientras ellos jugaban al voleibol. De repente se me ocurrió que la razón por la cual la rodilla no me sanaba era que la estaba usando como excusa para no hacer muchas cosas que no quería hacer: jugar voleibol, por ejemplo. Era muy cómodo decir que no podía hacer lo que no me apetecía hacer, y eso me había llegado a ser hábito.

Yo sentía que era el Espíritu Santo que me comunicaba esto. Conversé con el Señor y me arrepentí de esa actitud. Decidí que ya no iba a esquivar así lo que tenía que hacer. Como los amigos eran cristianos, pedí que oraran por mí y lo hicieron, aunque unos de ellos dijeron después que no creían en eso de orar por los enfermos. Dentro de media hora yo estaba caminando bien, sin cojear y sin dolor. El día siguiente podía subir y bajar gradas bien y hasta correr.

Es posible que hubiera un milagro de sanidad física, no lo sé. Pero sí sé que era un milagro que me enterara de lo que pasaba y lo que tenía que hacer para arreglarlo, y que tuviera la fuerza para hacerlo. Yo me había atada a la incapacidad pero Dios me liberó.

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15.8.06

Quiero hacer algo útil

Por unos años después de licenciarme en bioquímica trabajé en un instituto de investigación médica. El proyecto en que trabajaba era de “investigación básica”, es decir que era de interés teórico para entender cómo funcionan ciertas enzimas, pero nadie sabía si después los resultados tendrían o no aplicación práctica. Me habría gustado pasar mis días haciendo algo de valor para alguien. Decidí pedirle a Dios que me permitiera hacer algo útil.

Mientras tanto, seguía con mi proyecto. De haber leído artículos de investigación sobre enzimas similares a la nuestra, creí que asociada con la enzima tenía que haber cierta sustancia que facilitaba las reacciones. Sugerí esto a mi jefe, pero como investigar esto habría sido una desviación de la línea que proseguíamos, me dijo que no me preocupara por esa posibilidad.

Sin embargo, un mes más tarde el jefe iba de vacaciones. Me dejó una lista de pruebas para hacer, pero me reí mucho al darme cuenta que yo fácilmente podría hacerlas todas en una mañana. Tendría un mes entero para estudiar mi propio proyecto. (Se confirmó luego que esto mismo era el propósito del jefe, porque la primera cosa que me dijo cuando regresó, antes de decir ni buenos días, era de preguntar si teníamos esa sustancia o no).

Me puse a investigar, y apareció algo que podría ser la sustancia buscada, pero tendría que comprobarlo con una técnica especial. No teníamos el equipo para hacer la prueba. En el laboratorio al lado sí lo tenían y fui a pedirles el favor. En ese laboratorio intentaban identificar y aislar algo en el hígado de los tiburones que los hace invulnerables a casi todas las enfermedades. Tal vez sería una manera de evitar, o aun curar, ciertas enfermedades. Era un laboratorio grande, con mucho dinero del gobierno, mucha gente trabajando, y muchos aparatos (también mucho olor de tiburón podrido). Me dijeron que el proyectito mío no les molestaría nada.

Dejé mi pequeña muestra “cocinando” en uno de sus tanques y volví a la hora indicada para recogerla. No estaba en el tanque. Busqué por todo lado y a fin la encontré en la mano de uno de los asistentes de laboratorio, que en unos segundos le iba a echar ácido sulfúrico, que era lo que hacían con sus propias muestras. Él se puso muy reacio a la idea de que la muestra fuera mía, porque parecía exactamente como las suyas. Al fin me la dio, pero se fue corriendo a decírselo a su jefa.

Cuando vino la jefa no era para regañarme, sino para enterarse de todo lo que yo sabía acerca de esa sustancia. Resultó ser exactamente lo que ellos estaban buscando. Estimulaba los sistemas inmunes de los animales. Cuando desarrollaron esa sustancia para que saliera al mercado, claro que la chica del laboratorio a lado no recibió ningún reconocimiento. Yo no buscaba reconocimiento, sino un sentido de haber hecho algo de valor práctico. Dios me había contestado la oración sin cambiarme de proyecto.

¿La sustancia? Tiene varios nombres: ubiquinona-10, co-enzima Q-10, CoQ-10 o sencillamente Q-10. Puedes comprarlo en la caja de muchos supermercados y en tiendas de comidas orgánicas. Si te parece caro, recuerda cuánto costó descubrirlo.

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12.8.06

Un accidente del tren

Un par de años después de haber conocido a Jesucristo, me gradué de una universidad en el estado de Iowa en Estados Unidos, y fui a la ciudad de Nueva York para empezar estudios de postgrado en la Universidad Columbia. Unos amigos con quienes había pasado el verano me hicieron prometer que buscaría cierta muchacha que conocían que también estudiaba en la ciudad. Decían que ella tenía muchos problemas y le urgía tener una amiga.

Al prometer ayudarla, yo no sabía (y a lo mejor ellos tampoco) cuán difícil sería encontrarla entre tantos millones de personas, sin tener su dirección ni teléfono ni indicios exactos de donde estudiaba. Yo iba a la ciudad como cateta ignorante del campo, sin mucha idea de lo que me esperaba allí. El ir tan lejos solita era una aventura nueva y yo tenía mucha ilusión de lo que Dios iba hacer conmigo allí.

Fui en tren desde Chicago a Nueva York. A la mitad del viaje, en horas de la madrugada, mientras todos los pasajeros dormitábamos lo mejor que podíamos, de repente el tren paró, tirándonos de los asientos. Hubo un ruido fuerte y podíamos oír ruidos debajo del vagón. Un poco después pasó entre nosotros un oficial que dijo que habíamos chocado con una furgoneta que estaba parada en la vía, pero que nadie estaba ni herido, que todo estaba bien, excepto que el choque había dañado la máquina del tren y tendríamos que esperar allí hasta que nos llegara otra.

Naturalmente toda la gente que antes tenía mucho sueño ya estaba bien despierta. Antes nadie hablaba con nadie, respetando la privacidad. Pero en una aventura como estar en un accidente de tren, todo el mundo se sentía la libertad de hablar con su vecino. En eso descubrí que la muchacha a quien tenía que buscar estaba en el asiento exactamente detrás de mí.

Para mí, esto confirmaba que yo estaba en buen camino. Dios no solamente me había protegido en el accidente sino que lo había usado para lograr lo que Él quería hacer en mi vida y en la de mi nueva amiga. Estaba convencida que Él era capaz de controlar mi futuro, ocuriera lo que ocuriera.

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10.8.06

La bombona

Mi marido y yo y nuestro hijo adolescente llegamos a España en octubre del 1989. Como no teníamos muebles, alquilamos una casa amueblada y empezamos a aprender cómo vivir aquí. El dueño de la casa explicó que había una huelga de los repartidores de butano y por eso solamente podía suplirnos una bombona casi vacía. Dijo que nos buscaría otra. Al mover la bombona nos dimos cuenta que había como máximo seis centímetros de líquido. Como nunca habíamos usado bombonas, no teníamos idea de cuánto tiempo tal cantidad podría servir a tres personas para bañarse y comer caliente.

El dueño volvió dos semanas después sin traernos una bombona llena y expresó sorpresa que no se había terminado la que teníamos. Le aseguramos que comíamos y nos bañábamos bien, pero después que él se fue empezamos a preguntar si realmente nos íbamos a quedar sin butano. Ya usábamos lo mínimo y no podríamos economizar más. Estábamos convencidos que Dios nos había indicado que viniéramos a España y que habíamos obedecido su dirección. Decidimos que en tal caso le tocaba a Dios hacer las provisiones y que no nos íbamos a preocupar.

Cuando el dueño vino a cobrar (sin bombona) dos semanas más tarde, estaba atónito al saber que seguía funcionando la que teníamos. Le contamos la historia de una viuda en la Biblia, que Dios hizo que un poco de aceite que ella tenía llenara muchos jarros. El hombre opinó que algo por el estilo ciertamente pasaba.

El último domingo de noviembre cuando preparé la cena, terminé de cocinar pero no apagué la candela. Se apagó solo. Después de 46 días, se había terminado el butano. Nuestro hijo opinó que a lo mejor se había terminado la huelga. De hecho, la mañana siguiente el camión estaba en la calle, a tiempo para que desayunáramos con café.

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