Por unos años después de licenciarme en bioquímica trabajé en un instituto de investigación médica. El proyecto en que trabajaba era de “investigación básica”, es decir que era de interés teórico para entender cómo funcionan ciertas enzimas, pero nadie sabía si después los resultados tendrían o no aplicación práctica. Me habría gustado pasar mis días haciendo algo de valor para alguien. Decidí pedirle a Dios que me permitiera hacer algo útil.
Mientras tanto, seguía con mi proyecto. De haber leído artículos de investigación sobre enzimas similares a la nuestra, creí que asociada con la enzima tenía que haber cierta sustancia que facilitaba las reacciones. Sugerí esto a mi jefe, pero como investigar esto habría sido una desviación de la línea que proseguíamos, me dijo que no me preocupara por esa posibilidad.
Sin embargo, un mes más tarde el jefe iba de vacaciones. Me dejó una lista de pruebas para hacer, pero me reí mucho al darme cuenta que yo fácilmente podría hacerlas todas en una mañana. Tendría un mes entero para estudiar mi propio proyecto. (Se confirmó luego que esto mismo era el propósito del jefe, porque la primera cosa que me dijo cuando regresó, antes de decir ni buenos días, era de preguntar si teníamos esa sustancia o no).
Me puse a investigar, y apareció algo que podría ser la sustancia buscada, pero tendría que comprobarlo con una técnica especial. No teníamos el equipo para hacer la prueba. En el laboratorio al lado sí lo tenían y fui a pedirles el favor. En ese laboratorio intentaban identificar y aislar algo en el hígado de los tiburones que los hace invulnerables a casi todas las enfermedades. Tal vez sería una manera de evitar, o aun curar, ciertas enfermedades. Era un laboratorio grande, con mucho dinero del gobierno, mucha gente trabajando, y muchos aparatos (también mucho olor de tiburón podrido). Me dijeron que el proyectito mío no les molestaría nada.
Dejé mi pequeña muestra “cocinando” en uno de sus tanques y volví a la hora indicada para recogerla. No estaba en el tanque. Busqué por todo lado y a fin la encontré en la mano de uno de los asistentes de laboratorio, que en unos segundos le iba a echar ácido sulfúrico, que era lo que hacían con sus propias muestras. Él se puso muy reacio a la idea de que la muestra fuera mía, porque parecía exactamente como las suyas. Al fin me la dio, pero se fue corriendo a decírselo a su jefa.
Cuando vino la jefa no era para regañarme, sino para enterarse de todo lo que yo sabía acerca de esa sustancia. Resultó ser exactamente lo que ellos estaban buscando. Estimulaba los sistemas inmunes de los animales. Cuando desarrollaron esa sustancia para que saliera al mercado, claro que la chica del laboratorio a lado no recibió ningún reconocimiento. Yo no buscaba reconocimiento, sino un sentido de haber hecho algo de valor práctico. Dios me había contestado la oración sin cambiarme de proyecto.
¿La sustancia? Tiene varios nombres: ubiquinona-10, co-enzima Q-10, CoQ-10 o sencillamente Q-10. Puedes comprarlo en la caja de muchos supermercados y en tiendas de comidas orgánicas. Si te parece caro, recuerda cuánto costó descubrirlo.
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