Buenas Aventuras

En general, la religión es aburrida. Sin embargo, no hay nada más interesante en toda la creación que Dios mismo. No hay aventura mejor que las que podemos tener con Jesucristo. Siempre resultan buenas, y las historias no tienen nada de aburridas. Ser "bienaventurado", equivale a ser bendecido. Hace más de 40 años empecé a tener aventuras con Cristo. Aquí comparto contigo algunas de mis historias.

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Lugar: Indiana, United States

12.11.06

Otra manera de cambiar el vecindario

Estábamos bastante contentos con la nueva casa que habíamos alquilado. Era bonita y tenía todo lo que realmente necesitábamos. Pero después de unas semanas de vivir allí nos dimos cuenta que el vecindario tenía un problema: un cortijo abandonado.

No nos parecía buen lugar para el futuro de nuestro hijo adolescente, pues frente a nuestra casa se congregaron los que vendían y usaban drogas. Entrar por allí, aun durante el día, daba miedo por el aspecto hostil y enfermizo de los “inquilinos”.

Mi marido decidió tomar cartas en el asunto. Recordamos que cuando Colón llegó a América declaró que tomaba la tierra en el nombre de los Reyes de España. Caminando alrededor del cortijo, mi marido oraba y declaraba que tomaba esa parcela en el nombre del Rey de Reyes (un nombre bíblico para Jesucristo). Tomando ejemplo de la historia de Josué en la batalla de Jericó (del libro bíblico de Josué, capítulo 6), lo hizo siete veces.

En menos de un mes llegaron las máquinas y derribaron lo que quedó del cortijo, dejando el suelo limpio, listo para construir un bloque de pisos.

Unas semanas después comentamos con una vecina lo que había ocurrido. Ella dijo que era una bendición, que hacía muchos años que los vecinos habían intentado quitar esa ruina.

Hubieran orado antes.

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22.10.06

Y por favor, ayuda a la mujer con pelo largo que toca el piano

“Y por favor, ayuda a la mujer con pelo largo que toca el piano.” Así nuestra hija Rebeca concluyó sus oraciones una noche. Era la costumbre de la familia orar juntos antes de acostar a los niños. Normalmente intercedían por amigos y miembros de la familia, pero esta referencia no parecía corresponder a nadie que Rebeca pudiera conocer.

Cuando le pregunté quién era, me dijo que no sabía, pero había “visto” la imagen de una mujer, a quien describió ampliamente, y sabía que esa mujer necesitaba la ayuda de Dios. Era una descripción muy exacta de una amiga mía que asistía a un grupo de estudio bíblico y oración que yo dirigía. Nuestra hija nunca la había conocido, pero tenía razón, que la mujer necesitaba ayuda. Estaba enferma, su puesto de trabajo estaba en peligro, su marido la maltrataba, y sufría de mucha ansiedad y depresión. También resistía la idea de entregar su vida a Jesucristo. A pesar de sus dificultades, prefería mandar ella en vez del Señor.

Rebeca oró por ella esa noche y un par de noches más. La próxima semana cuando vi a la mujer, estaba dispuesta a dejar que Jesucristo entrara en su vida. En las semanas siguientes su ansiedad y depresión disminuían y su salud mejoraba. Consiguió un trabajo nuevo. Su marido seguía igual, pero ella encontró maneras de esquivar lo peor. En unos meses parecía totalmente otra mujer.

Dios tenía que haber amado mucho a esa mujer para llamar así a una niña a la oración por ella. Que yo sepa nadie hizo nada más por ella que no estábamos haciendo ya. Parece que realmente importan las oraciones que hacemos a favor de otros. No es necesario ser un gigante espiritual para que Dios nos escuche, tampoco. La petición sencilla de una niña vale.

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15.9.06

En la Plaza Roja

Cuando yo tenía apenas unos meses de andar esperando buenas aventuras con Jesucristo, se me presentó la oportunidad de visitar Rusia con unos compañeros universitarios.

Era la época de la guerra fría. Los alemanes empezaron a construir el muro mientras yo estaba en Moscú. En mi país decían que todo lo comunista era malo. Yo no era rebelde, pero quería ver por mi misma cómo se vivía allí. Claro que andábamos muy supervisados y vimos lo que nuestros guías consideraban conveniente. Nos traducían y nos interpretaban lo que vimos.

Hicimos lo turístico de siempre: museos, exposiciones y una entrevista programada con estudiantes de la universidad de Moscú. Una tarde unos cuatro o cinco de nosotros nos encontramos en la Plaza Roja. En ese entonces gente del occidente era una rareza allí, y se congregó alrededor de nosotros una multitud de curiosos. Alguien nos hizo una pregunta y la guía que estaba con nosotros la tradujo, y luego la respuesta también. Luego había mucho entusiasmo para hacernos preguntas, y la guía tuvo mucho trabajo por un espacio de media hora. No teníamos manera de saber si traducía bien o no lo que decíamos.

La multitud había crecido a unas 40 ó 50 personas, todas intentando oír la conversación. Nos empujaban tanto que ya éramos un núcleo pequeño en el centro de un círculo grande. Detrás de mí había un hombre pequeño que tenía la barba firmemente metida en mi hombro para poder oír mejor. Entonces alguien preguntó algo que hacía enrojecer la guía y la dejaba avergonzada. La pregunta era para mí, pero ella dijo que no sabía cómo hacerla, porque era algo muy personal, algo de que la gente normalmente no hablaba. Yo le di permiso de preguntar de todas formas.

Habían notado que yo tenía una crucecita en una cadena en la nuca y querían saber si yo era cristiana. Entonces entendí por qué hubo un grito sofocado de asombro cuando se hizo la pregunta. En la propaganda comunista, la gente mala se dibujaba con una cruz en una cadena alrededor de la nuca. Los cristianos eran los malos de la película. Para ellos era un choque ver a alguien vestido así, como proclamando que era malo. A mí me daba alegría decir que amaba a Jesucristo. Respondí “da” en ruso para que no hubiera ninguna confusión en la traducción. Esto produjo más gritos sofocados y la multitud se deshizo rápidamente. Nadie se atrevía quedarse mucho después porque era peligroso.

Pero mientras todos se iban, otro hombre se me acercó. Brevemente me cogió la mano y la apretó algo fuerte. Dijo algo que juntamente con la mirada extática en su cara tendría que interpretarse como “yo también”. Y él también desapareció tan rápido como posible.

Fue la primera vez que yo había dicho en público algo de mi nueva fe. No era más de una palabra, pero obviamente tuvo un efecto grande en la Plaza Roja, que no tenía muchos predicadores en ese entonces.

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30.8.06

La mejor enemiga

Estudiamos el español en un instituto en Costa Rica. Había clases enormes de gramática, pero para hacer ejercicios, mejorar la pronunciación, y practicar la conversación, nos dividieron en clases pequeñas de cinco a seis personas. Así que yo siempre estaba con las mismas cinco personas cuatro horas por día, día tras día, semana tras semana.

Entre esas personas había una mujer que me caía muy mal. Ella nunca estaba de acuerdo con nadie acerca de nada. Si alguien decía que x, ella decía que no, que w. No entendía nada en las clases porque no estudiaba, pero insistía en que el maestro se lo explicara otra vez, quitándonos tiempo. Hablaba en tonos muy fuertes usando muchas palabrotas. No respetaba la propiedad de otros, cogiendo libros y lápices ajenos como si fueran propios. Y no se bañaba.

Ella no era mi enemigo. Pero decidí obedecer lo que Jesucristo dijo acerca de amar a los enemigos, bendecir a los que te maldicen y orar por los que te persiguen. Cada día, entonces, empezaba el ciclo de clases pidiendo a Dios que ella dejara de molestar tanto. Pero Dios me corrigió. Eso no era bendecirla a ella, sino quejarme de ella y querer cambiarla. Para bendecir a alguien, hay que orar por él de una manera que le daría alegría si te escuchara. Cambié mi oración para pedir que ella estuviera contenta y que tuviera todo lo que necesitaba.

Después de un par de semanas, noté un cambio. Ella no me irritaba como antes. Yo suponía que esto era el resultado de mis oraciones diarias, que me estaban cambiando la actitud a mí para que ya no me concentraba tanto en las barbaridades que ella decía y hacía. Pero cuando hablé con mis compañeros de clase, descubrí que todos habían notado un cambio en ella. Era más humana, más amable. Unas semanas más tarde, me sorprendí a mi misma caminando de un lugar a otro con ella y hablando con ella como con una amiga.

Un día ella me contó su historia. Hacía poco más de un año su hija, investigadora en un laboratorio de química, había sido afectada fuertemente por un gas venenoso, que luego la dejó con vida, pero con el cerebro permanentemente afectado. Mientras la hija estaba todavía en cuidados intensivos, el marido de mi amiga sufrió un infarto serio. Un mes más tarde, su casa fue destruida por un incendio, y el seguro no era suficiente para comprar otra. Ella había decidido estudiar el español para distraerse de su situación.

Al final del curso, ella me presentó a su marido, ya recuperado, y que había llegado para recogerla. Dijo que yo era su mejor amiga. Para mí, era un honor.

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15.8.06

Quiero hacer algo útil

Por unos años después de licenciarme en bioquímica trabajé en un instituto de investigación médica. El proyecto en que trabajaba era de “investigación básica”, es decir que era de interés teórico para entender cómo funcionan ciertas enzimas, pero nadie sabía si después los resultados tendrían o no aplicación práctica. Me habría gustado pasar mis días haciendo algo de valor para alguien. Decidí pedirle a Dios que me permitiera hacer algo útil.

Mientras tanto, seguía con mi proyecto. De haber leído artículos de investigación sobre enzimas similares a la nuestra, creí que asociada con la enzima tenía que haber cierta sustancia que facilitaba las reacciones. Sugerí esto a mi jefe, pero como investigar esto habría sido una desviación de la línea que proseguíamos, me dijo que no me preocupara por esa posibilidad.

Sin embargo, un mes más tarde el jefe iba de vacaciones. Me dejó una lista de pruebas para hacer, pero me reí mucho al darme cuenta que yo fácilmente podría hacerlas todas en una mañana. Tendría un mes entero para estudiar mi propio proyecto. (Se confirmó luego que esto mismo era el propósito del jefe, porque la primera cosa que me dijo cuando regresó, antes de decir ni buenos días, era de preguntar si teníamos esa sustancia o no).

Me puse a investigar, y apareció algo que podría ser la sustancia buscada, pero tendría que comprobarlo con una técnica especial. No teníamos el equipo para hacer la prueba. En el laboratorio al lado sí lo tenían y fui a pedirles el favor. En ese laboratorio intentaban identificar y aislar algo en el hígado de los tiburones que los hace invulnerables a casi todas las enfermedades. Tal vez sería una manera de evitar, o aun curar, ciertas enfermedades. Era un laboratorio grande, con mucho dinero del gobierno, mucha gente trabajando, y muchos aparatos (también mucho olor de tiburón podrido). Me dijeron que el proyectito mío no les molestaría nada.

Dejé mi pequeña muestra “cocinando” en uno de sus tanques y volví a la hora indicada para recogerla. No estaba en el tanque. Busqué por todo lado y a fin la encontré en la mano de uno de los asistentes de laboratorio, que en unos segundos le iba a echar ácido sulfúrico, que era lo que hacían con sus propias muestras. Él se puso muy reacio a la idea de que la muestra fuera mía, porque parecía exactamente como las suyas. Al fin me la dio, pero se fue corriendo a decírselo a su jefa.

Cuando vino la jefa no era para regañarme, sino para enterarse de todo lo que yo sabía acerca de esa sustancia. Resultó ser exactamente lo que ellos estaban buscando. Estimulaba los sistemas inmunes de los animales. Cuando desarrollaron esa sustancia para que saliera al mercado, claro que la chica del laboratorio a lado no recibió ningún reconocimiento. Yo no buscaba reconocimiento, sino un sentido de haber hecho algo de valor práctico. Dios me había contestado la oración sin cambiarme de proyecto.

¿La sustancia? Tiene varios nombres: ubiquinona-10, co-enzima Q-10, CoQ-10 o sencillamente Q-10. Puedes comprarlo en la caja de muchos supermercados y en tiendas de comidas orgánicas. Si te parece caro, recuerda cuánto costó descubrirlo.

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12.8.06

Un accidente del tren

Un par de años después de haber conocido a Jesucristo, me gradué de una universidad en el estado de Iowa en Estados Unidos, y fui a la ciudad de Nueva York para empezar estudios de postgrado en la Universidad Columbia. Unos amigos con quienes había pasado el verano me hicieron prometer que buscaría cierta muchacha que conocían que también estudiaba en la ciudad. Decían que ella tenía muchos problemas y le urgía tener una amiga.

Al prometer ayudarla, yo no sabía (y a lo mejor ellos tampoco) cuán difícil sería encontrarla entre tantos millones de personas, sin tener su dirección ni teléfono ni indicios exactos de donde estudiaba. Yo iba a la ciudad como cateta ignorante del campo, sin mucha idea de lo que me esperaba allí. El ir tan lejos solita era una aventura nueva y yo tenía mucha ilusión de lo que Dios iba hacer conmigo allí.

Fui en tren desde Chicago a Nueva York. A la mitad del viaje, en horas de la madrugada, mientras todos los pasajeros dormitábamos lo mejor que podíamos, de repente el tren paró, tirándonos de los asientos. Hubo un ruido fuerte y podíamos oír ruidos debajo del vagón. Un poco después pasó entre nosotros un oficial que dijo que habíamos chocado con una furgoneta que estaba parada en la vía, pero que nadie estaba ni herido, que todo estaba bien, excepto que el choque había dañado la máquina del tren y tendríamos que esperar allí hasta que nos llegara otra.

Naturalmente toda la gente que antes tenía mucho sueño ya estaba bien despierta. Antes nadie hablaba con nadie, respetando la privacidad. Pero en una aventura como estar en un accidente de tren, todo el mundo se sentía la libertad de hablar con su vecino. En eso descubrí que la muchacha a quien tenía que buscar estaba en el asiento exactamente detrás de mí.

Para mí, esto confirmaba que yo estaba en buen camino. Dios no solamente me había protegido en el accidente sino que lo había usado para lograr lo que Él quería hacer en mi vida y en la de mi nueva amiga. Estaba convencida que Él era capaz de controlar mi futuro, ocuriera lo que ocuriera.

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